Luis Ramiro Barragán Morfín, fue uno de los arquitectos más importantes del siglo XX y único mexicano que ha ganado el premio Prizker en 1980. El misterio encerrado en la ‘arquitectura emocional’ sigue atrapando a los entusiastas de su arte, además de que se ha despertado cierto culto en torno a sus creaciones.

Nació en Guadalajara, Jalisco el 9 de marzo de 1902. Luis estudió en la Escuela Libre de Ingenieros en Guadalajara, Jalisco, en donde se recibe como ingeniero civil a los 21 años. Estudió arquitectura pero no concluyó. Sin embargo, destino, visión y convicción lo habrían de convertir en uno de los grandes de esta disciplina.

Al regreso de su primer viaje a Europa (1925-1927) surge el Barragán arquitecto, no sólo porque aún no construía algo, sino por la vocación que descubrió en esos años. Impresionado en especial por París y el sur de España, contrajo una especial predilección por los patios, las escaleras, los jardines, el color y los espacios breves, pero luminosos. A estos elementos se sumaría el agua en fuentes, piscinas o espejos (rasgos moriscos). Su fortuito encuentro con el paisajista, escritor e ilustrador francés Ferdinand Bac, dejó ver al mexicano el valor del diseño del paisaje.

En sus últimas intervenciones en Jalisco, gana el concurso y crea junto con su hermano el Parque de la Revolución, también conocido como Parque Rojo, su primer espacio público urbano y que persiste hasta el día de hoy con su diseño original de bancas (rojas) y farolas, además de su característica ‘sombrilla’ de concreto, y donde no olvidó construir una fuente.

En la década de 1930 se estableció en la ciudad de México, donde primero construyó varias obras de estilo “internacional”: casas y edificios de apartamentos dentro de las expresiones del espirit nouveau, construidos con gran economía de medios y un destino netamente comercial, pero ya con un lenguaje propio; sobreviven ejemplos de esta etapa en las calles de Río Elba, Río Mississipi y la plaza Melchor Ocampo, en la colonia Cuauhtémoc.

Para este momento las obras de Barragán, quien aún no cumplía 35 años de edad, ya eran publicadas con frecuencia en México y Estados Unidos, incluso en páginas de The Architectural Record.

Entre 1947 y 1948 construiría su propia casa, hoy abierta al público y Patrimonio de la Humanidad, en donde además de experimentar con celosías, ventanas cerradas abatibles, escaleras, muros que no llegan al techo y una azotea espectacular, realiza uno de sus jardines más memorables.

Muchas más obras y grandes desarrollos urbanos, como El Pedregal de San Ángel y Ciudad Satélite, habría de crear en las siguientes décadas. Con ello llegaría el reconocimiento mundial a su legado. Tras haber sido estrenado el Premio Pritzkerpor el estadounidense Philip Johnson (1906-2005), el mexicano fue elegido en 1980 como su segundo ganador, siendo de paso el primer latinoamericano de la lista. Tras recibir el galardón, el arquitecto mexicano declaró ese día: “La vida privada de belleza no merece llamarse humana”

sateSólo las Torres de Satélite con sus cinco prismas triangulares de distintos colores  y tamaños, han podido sobrevivir; estas torres las proyectó a petición de la familia Alemán Velasco, propietaria de la hacienda que hoy ocupa la urbanización de Ciudad Satélite, en el estado de México.

Sin duda, Luis Barragán es uno de los arquitectos más influyentes de la modernidad mexicana y su figura ha venido cobrando una enorme importancia en el campo de la arquitectura internacional, a pesar del número reducido de sus obras. Sus edificaciones son frecuentemente visitadas por estudiantes y catedráticos de arquitectura de prácticamente todo el orbe.