Recientemente tuve la oportunidad de caminar por el Centro Histórico de la Ciudad de México,  y, como siempre, me llené de nuevas experiencias; es difícil explicar el efecto “Centro Histórico” si no lo vives en persona, y quien lo ha vivido, podrá coincidir que la adrenalina se comienza a disparar tan pronto te internas en el Zócalo. La dinámica de este lugar te atrapa y de pronto todos los sentidos se colocan en alerta para no perderte en el mar de gente que de pronto te rodea, pero, una vez mimetizado comienzas a disfrutar sus agitadas calles hasta entregarte por completo al entorno que sin darte cuenta, ya te atrapó, y ese entorno es el mismo que te impulsa a experimentar alguna de las tantas opciones que te ofrece este lugar, esta vez mi opción fue parar por un café en la cafetería “La Blanca”, automáticamente me vino a la mente un fragmento del libro de “Aura”, donde magistralmente, Carlos Fuentes nos describe algún lugar del Centro Histórico donde Felipe Montero se sienta a leer el periódico tomando un café.

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Sin embargo, mi destino final y el motivo principal de este artículo aún estaba a unas cuadras; días antes escuché de un viejo amigo algunas inquietudes en torno a la recién inaugurada maqueta de la CDMX, he de confesar que desde el primer momento que lo escuché mi curiosidad no dejó de pensar en este tema, así, en parte movido por mi vocación arquitectónica y en parte movido por los diversos comentarios de las agitadas redes sociales, decidí ver por mí mismo de qué se trataba este lugar.

Después de más de una hora de enfrentar la desenfrenada estampida humana, por fin llegué al colegio de las Vizcaínas, sorprendentemente, al doblar la esquina todo cambió, el movimiento violento del eje central, de pronto encontró un breve espacio donde pude por fin respirar y tener una pausa, el ruido se fue perdiendo entre la revitalizada plaza lateral que daría acceso al antiguo teatro de las Vizcaínas, quedé gratamente sorprendido por la recuperación de este espacio público, dónde hace algunos años el contexto era un espacio totalmente diferente, era un espacio abandonado, oscuro y degradado al punto de sentir miedo, más, mi sorpresa no paró ahí, al llegar al antiguo teatro encontré un espacio totalmente revitalizado e inmediatamente celebré el haber retomado un espacio que podría haberse considerado perdido hace algunos años; de pronto, mi optimismo por la reintegración del área pública surgió, pude ser testigo de un buen ejemplo de cómo podemos rescatar espacios públicos abandonados dotándolos de nuevos usos.

El ex teatro, hoy es ocupado por un edificio que se integra discretamente al entorno que alberga nuevo museo; en general el proyecto es discreto, lo suficientemente discreto para no competir con el protagonismo del colegio de las Vizcaínas, pero a su vez suficientemente funcional para atender su nueva utilización sin demeritar en ningún momento su funcionalidad, es un proyecto que cumple perfectamente para lo que fue pensado, un espacio agradable, bien iluminado y actual.

En el interior por fin tuve la oportunidad de ver la famosa maqueta de la ciudad, el material es sobrio, neutro, y  representa nuestra ciudad con una escala suficientemente clara para tener noción perfecta de su magnitud; pero sorprendentemente, la apreciación de la maqueta no queda solo en eso, la oferta de este lugar se complementa con una presentación interactiva; una vez que tomé asiento en las gradas que rodean la maqueta, varias proyecciones coordinadas sobre la neutra imagen de la ciudad, dan vida a una exposición dinámica y perfectamente coordinada con la narración que va explicando la historia de la ciudad, desde su fundación hasta la actualidad; algunas pantallas superiores apoyan con material gráfico mientras se narran los puntos de inflexión que determinaron lo que hoy es una de las ciudades más importantes del mundo, pero mi sorpresa no paró aquí, una vez terminada la exposición, y claro luego de ver de cerca los bien detallados barrios de la ciudad, fui al nivel superior del museo dónde pasé un largo tiempo explorando las pantallas táctiles que complementan el museo, altamente recomendable para aquellos que quieren conocer un poco más de nuestra historia.

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A final de mi experiencia, concluyo que valió la pena, si bien el museo puede gustar o no, si bien el contenido puede atraer más a unas personas que a otras, el hecho de sentir retomado un espacio público me llenó de optimismo, me llenó de orgullo, me recordó la importancia de la vocación de un Arquitecto para ser comprometido con la sociedad, el  poder constatar como este espacio antes deteriorado, fue dignamente devuelto a la sociedad mexicana, me complace y me impulsa para fomentar que podemos hacer las cosas cuando nos lo proponemos, hago votos para que más espacios públicos sean retomados, rescatados y devueltos a la sociedad.

Por: Arq. Estanislao García.