En tiempos donde las construcciones han sucumbido ante la globalización, donde el distanciamiento con las culturas locales y con los sistemas constructivos regionales, se ha tornado en una constante entre los arquitectos para intentar aparecer en el mapa de la arquitectura actual con proyectos imponentes, en una época donde predominan el concreto, el acero y el vidrio, donde cada nuevo proyecto nace casi automáticamente bajo una genética universal que dicta la utilización de estos materiales por definición natural (mismo antes de ser concebidos); donde un predio puede ser el mismo para Nueva York, para Ciudad de México, para Buenos Aires o para cualquier ciudad, en una época donde la arquitectura poco a poco se ha acostumbrado a  rendirse  ante esa tendencia, esa que sin decirlo, ha marcado los predios “modernos”,  es en estos tiempos, que, afortunadamente  encontramos una especie en extinción, un grupo de arquitectos “necios” que van en contra sentido, desobedeciendo tendencias y respetando por encima de cualquier cosa una convicción propia para hacer arquitectura.

Tal es el caso de Kengo Kuma, quien a pesar de que tener entre sus estudios, experiencias en Nueva York, no sucumbió ante la tentación de ir por el camino de una “arquitectura global”, Kuma supo definir un lenguaje propio, basado en el conocimiento de materiales regionales, respetando sus orígenes y las tradiciones propias que el Japón le heredó, en su arquitectura, vemos como predomina la madera como el principal elemento, vemos como reinterpreta el Japón con una visión actual, en sus proyectos, se respira aquel japón tradicional, equilibrado y de respeto por su cultura, pero se respira con un matiz de modernidad.

Es esa reinterpretación cultural, ese respeto por los sistemas constructivos regionales, ese balance entre materiales locales, fue lo que me motivó a escribir acerca de su obra; porque en tiempos donde predominan otras arquitecturas, encontrar estos ejemplos, dan oxígeno a la arquitectura y dan sentido a aquella premisa arquitectónica de preguntarle al terreno qué quiere ser,  porque Kuma ha sabido dotar de identidad a cada proyecto, al grado de hacerlo irrepetible.

Pero más allá de respetar sus tradiciones, Kuma, nos enseña casi paradójicamente que respetar una cultura muy tradicional, no necesariamente implica ir en contra de ofrecer soluciones modernas, ya que, a pesar de ir por un camino  diferente al de la mayoría de los arquitectos, su obra es ejemplo de innovación, ejemplo de soluciones estructurales, ejemplo en la utilización de la luz como un elemento propio de su lenguaje, Kuma, nos inspira rompiendo paradigmas, estableciendo un estilo propio con gran presencia.

Pocos son los casos de arquitectos que resisten con éxito estas épocas haciendo cosas diferentes, pocos los casos que respetan sus tradiciones arquitectónicas, pero gracias a estos pocos, que persisten en mantenerlas vivas, que persisten en caminar hacia otra dirección la arquitectura continúa sorprendiéndonos con propuestas inefables.

 

Por Arq. Estanislao García